Por Federico Lix Klett - Fundador de FALK Academy, FALK AI, FALK Impellers y FALK Advertising Matters, Socio de Pieper AI y Selected Power User por Google DeepMind. Es pensador, comunicador, formador e impulsor de innovación y transformación.
El jueves di una charla en la Facultad de Ciencias Económicas, en el lanzamiento de una diplomatura de inteligencia artificial y gestión, y arranqué sin vueltas con una sola pregunta: ¿cuánto vale tu hora de trabajo? Lo que vino después fue uno de esos silencios largos e incómodos en los que todo el mundo mira el celular que no sonó. Insistí con un ejemplo: dos profesionales reciben el mismo encargo, uno lo resuelve en ocho horas y el otro, con IA, lo entrega en veinte minutos y encima lo entrega mejor. ¿A cuál de los dos le pagás más?
Si contestaste "al primero", tenés un problema. Si contestaste "al segundo", tenés otro distinto: ahora andá y explicale al que firma el cheque por qué le vas a cobrar lo mismo por un quinto del tiempo.
El cronómetro de 1911
Nadie decidió un día que el tiempo fuera la unidad de medida del trabajo; nos la instalaron. En 1911 Frederick Taylor publicó Los principios de la administración científica y le puso un cronómetro encima al obrero para medir cada movimiento, eliminar el sobrante y optimizar hasta el último segundo. El bueno de Chaplin lo entendió mejor que cualquier manual de management: en Tiempos modernos el tipo termina literalmente adentro de los engranajes.
Décadas más tarde, un abogado de Boston llamado Reginald Heber Smith llevó esa misma lógica al trabajo intelectual y parió la “hora facturable”, que de los estudios jurídicos saltó a los contadores, a los arquitectos, a las agencias y a las consultoras. A todos nosotros, digamos. Y tenía todo el sentido del mundo mientras el esfuerzo y el resultado fueran de la mano: más horas, más trabajo; más trabajo, más valor. Ese cable se cortó, y nadie avisó.
"Facturame por hora"
Hace un tiempo llevábamos, con FALK Advertising Matters, las campañas de Google Ads (anuncios en el ecosistema de Google) de una empresa local y tenían otro proveedor que les programaba la web y su ecommerce, que cobraba un fee mensual más horas extra. Se dice el pecado pero no el pecador, ja. Pero aquellas horas extra se iban muchas veces en corregir errores que ellos mismos cometían, que terminábamos tapando nosotros para que la campaña no se viniera abajo.
Un gerente —que ya no está en esa empresa, por algo será— nos pidió que le facturáramos con el mismo criterio: por horas trabajadas. Le contesté lo que pienso, sin anestesia: Si nosotros podíamos hacer nuestro trabajo mejor y más rápido. Y ellos nos pagan por horas. Estarían premiando la lentitud o el descaro de “inflarles” horas. Fue una batalla que entendiera que el valor real, casualmente, estaba en el aporte de valor y las soluciones que les dábamos. No en la cantidad de horas declaradas y no supervisadas. Me era inevitable recordar la escena de Homero Simpson dejando el pajarito apretando una tecla en la planta nuclear, haciendo su trabajo mientras se iba al bar de Moe.
El célebre “pajarito bebedor” que reemplaza a Homero Simpson frente a la computadora, en Los Simpson.
758 consultores y el error con buena letra
Acá va el dato que me gustaría que cada directivo se pegue en la pared. Investigadores de Harvard y Wharton metieron a 758 consultores del Boston Consulting Group en un experimento de campo, y los que trabajaron con inteligencia artificial completaron 12% más tareas, 25% más rápido y con alrededor de 40% más calidad. Hasta ahí, fiesta y champán para todos.
Peeeeero, querido lector, cuando el problema caía fuera de lo que la máquina maneja bien, esos mismos consultores acertaron 19 puntos porcentuales menos que los colegas que laburaron a mano: leyeron un texto impecable y firmaron un disparate perfectamente redactado. La máquina no se equivoca como nos equivocamos nosotros. Se equivoca con buena letra.
La fricción que no se puede delegar
Hay un momento incómodo en todo trabajo bien hecho: ese en el que no sabés, volvés atrás, dudás, borrás y empezás de nuevo puteando bajito. Le llamo fricción cognitiva necesaria (FCN) y es el único lugar donde efectivamente se piensa. Si delegás ese momento no ganaste tiempo, perdiste el músculo.
Yo escribo esta columna justamente para eso, no para informar sino para pensar; cuando escribo pienso, cuando pienso me siento humano, y ahí aparecen ideas que no estaban en ninguna base de datos. Uso la IA todo el tiempo, ojo: para que me traiga una fuente, para que me discuta, para que me rompa un argumento flojo. Eso es el humano aumentado, y conviene tenerlo claro: uno es sujeto y el otro es objeto, y el día que confundas cuál es cuál, game over.
Voy a ser franco: no odio casi nada, pero odio la mediocridad. Ese conformarnos con el estándar, con lo que zafa, con lo que ya no sale del todo bien pero total nadie mira y total el cliente no se da cuenta. Eso nos vuelve mecánicos, previsibles, intercambiables.
Y acá está el nudo de toda esta serie: lo previsible lo hace la máquina, mejor, más rápido y gratis. La mediocridad dejó de ser un defecto de carácter para convertirse en un plan de retiro anticipado.
Hagámoslo mejor
A los que dirigimos empresas nos toca cambiar el chip, y urgente: dejar de comprar horas y empezar a comprar resultados, preguntarle al proveedor qué problema nos resuelve en lugar de cuánta gente nos va a sentar en la mesa, y premiar al que entrega mejor aunque haya tardado veinte minutos. Sobre todo si tardó veinte minutos.
Y a los que trabajamos nos toca lo más difícil, que es dejar de vender tiempo. Tu hora no vale por lo que dura, vale por lo que resuelve. Los IA bros te venden magia y velocidad, diez veces más rápido, diez veces más contenido, diez veces más posteos vacíos, y es humo caro, porque rápido lo hace cualquiera y ya lo hace gratis un programa que bajás en tres minutos. Lo que no hace cualquiera es hacerlo bien.
Creo con toda honestidad que el éxito profesional en esta era de la humanidad aumentada va a estar en un lugar bastante poco tecnológico: en la gente que hace bien su trabajo, siendo buena persona y amando lo que hace. El que logra juntar esas tres cosas está bendecido, y no lo reemplaza nada ni nadie.
El domingo que viene, la quinta entrega: qué vale tu trabajo cuando el conocimiento técnico se volvió un commodity gratuito para cualquiera.
Muchachos, hagámoslo mejor. Fin.